Lo que hay que ver

Adónde se ha ido la magia (de Pixar)

He visto la última película de Pixar, «Onward» (Dan Scanlon, 2020). Empezaré por el final: qué enorme decepción. Y la pena —porque lo experimento como desaliento, como frustración estética— es que esta decepción se empieza a convertir en mi sensación habitual al llegar a los créditos finales de las últimas creaciones de Pixar desde la magnífica «Del revés» (Pete Docter, 2015). Ni siquiera «Los Increíbles 2» (Brad Bird, 2018) consiguió quitarme el pegajoso y persistente pensamiento de que se trataba de algo, en última instancia, prescindible del todo. ¿Qué está pasando?

«Onward» arranca con una sucinta explicación del modo en que el mundo que una vez estuvo henchido de prodigios y magia, se ha ido convirtiendo en un lugar más y más prosaico. El eje en torno al que queda retratada esta transición es la creciente influencia de la tecnología en la vida cotidiana. Hasta ahí, todo magnífico, pues así ha sucedido desde la segunda revolución industrial. La tecnología es el atajo que ha sustituido a la magia, al actualizar el deseo y hacerlo presente, instantáneo; y condenándolo, de ese modo, a ser suprimido, pues cada nuevo anhelo es satisfecho de manera casi inmediata en una espiral sin fin. La espera, la contemplación, han quedado relegadas —como experiencias las más de las veces menospreciadas como «inútiles», qué revelador adjetivo— ante la urgencia de hacer tangible el poder de transformación, el dominio del mundo y de otras voluntades. Los voceros de la tecnología, ecos de la falaz idea del progreso indefinido de la humanidad, nos han gritado que podemos poseer el mundo y cuanto contiene, al (elevadísimo) precio de dominarlo y dejar de esperar nada de él, porque una consecuencia del poder tecnológico es el control, la minimización de la incertidumbre. Dicho de otro modo: hemos dejado de mirar el universo como un milagro, para pasar a exigir disfrutarlo como un niño malcriado y caprichoso demanda un mecano o un laboratorio.

A partir de ese prólogo tan prometedor, asistimos a la descripción acelerada de un microcosmos que no tiene nada de inventado: es el nuestro burdamente travestido de orejas puntiagudas y demás lugares comunes. No hay un esfuerzo de construir una lógica secundaria, como al menos sí sucedía en «Monstruos S. A.» o en «Cars». Es decir, es un mundo sin añadido, sin mirada transformadora. Sin arte.

Los personajes son planos (¡la madre de los protagonistas! ¿No cabría esperar de sus años de convivencia con alguien tan maravilloso como se nos dice que fue su marido, una expectativa de reencuentro, la magia de ese momento efímero pero real?), las situaciones, tópicas; y los pretendidos homenajes, burdos plagios de «Indiana Jones». Cuando llegan los «gags» cómicos, los ves con una incómoda mueca de sonrisa, donde no hay lugar no ya para la abierta carcajada, sino ni siquiera para la risa franca y reconstituyente.

Con todo, para mí la carencia más grave tiene que ver con la narración misma: el ritmo es atropellado hasta el absurdo. Los planos se suceden a un ritmo vertiginoso incluso para el estándar de las escenas de acción, y cuando la situación requiere calma y un respiro, la cámara no acierta a dejarnos mirar con serenidad. Ni siquiera el eje argumental principal, la relación del protagonista con su padre, recibe la adecuada atención. Todo queda engullido por la prisa, y diluido en un tibio mensaje de aceptación de los seres cercanos (básicamente, del hermano mayor) que ni de lejos se acerca a una verdadera catarsis. Todo muy acorde con la corrección política y la tontuna mediática, estos pactos de no agresión que se están llevando por delante no ya a la propia Disney —maldita sea—, sino gran parte del modo de contar historias que nos trae Hollywood.

«Onward» es un productillo fútil y predecible que me hace pensar que los mejores años de Pixar —aquellos años en que cada nuevo estreno era una explosión significativa de Arte—, han pasado para siempre. No hay pulso, tampoco hay impulso. Viendo «Onward» siento como nunca la invitación a mirar «backward», hacia ese pasado esplendoroso que nos regaló algunos de los mejores momentos de Cine que hemos vivido desde 1995 («Toy Story», John Lasseter… ¡Ay, John Lasseter!…).

Insisto: nada me haría más feliz a este respecto, que equivocarme. Seguiré «atento a sus creaciones», como decía Anton Ego al final de «Ratatouille», porque la esperanza nunca debe ser desechada. Pero a este paso y con estos mimbres…

Eduardo Segura

Próximo Evento:

¡No hay eventos!
Menú